FLORISTEROS DE PAPEL

Familia Velásquez Guzmán

Ciudad de México

Juanita Guzmán Méndez

Margarita Guzmán González

Esta apuesta virtual que pone la construcción fotográfica Barroco Tropical de Liliana Correa es una invitación a conocer el mercado de La Merced en la Ciudad de México, a través de historias de vida de familias comerciantes y de manera indirecta, de sus diferentes mercados: Nave Mayor, Nave Menor, Anexo Merced, Paso a desnivel, Banquetón, Mercado de dulces, Mercado de las flores y Sonora, los de mayor tradición. Las fotografías muestran historias de vida y presentan los oficios de las familias. El encuentro con las familias nos mostró sus visiones del mercado, y nos posibilitan entender La Merced como un espacio social que refleja las oportunidades y las tensiones de la Ciudad de México en su conjunto.

Es obligado empezar recordando la larga tradición del Mercado de La Merced, ya que su origen se remonta a los tianguis aztecas. Creció durante toda la colonia, tomando el nombre de La Merced por el monasterio de Nuestra Señora de La Merced, el cual también permitió nombrar al barrio circundante. En el siglo XIX el edificio del ex Convento de La Merced fue empleado para instalar el mercado de una forma más permanente. Al mismo tiempo el mercado era parte de un barrio que se vislumbraba como un gran mercado en la calle, situación que todavía permanece, desdibujando sus fronteras. En 1957 se construyó un nuevo edificio con modernas y extensas instalaciones, en una zona cercana a la anterior, donde hoy se encuentra. Continuó siendo el principal mercado mayorista de la ciudad hasta la creación del Mercado de Abasto en los ochenta. En la actualidad sigue siendo el primer mercado minorista de la ciudad de México para una gran variedad de productos alimenticios, de uso personal y para el hogar, desde festividades a elementos de tradición y creencias.

Al presentar La Merced desde la mirada fotográfica de Liliana, resulta posible reconocer y valorar el mercado como lo que es: un espacio de intercambio, trabajo digno y aprendizaje. En las visitas previas hasta la toma de fotografías, pudimos vivir desde la experiencia sensible, que La Merced es vivida también por las familias y sus oficios como un lugar de identidad, donde los comerciantes están gran parte de su jornada y se sienten en casa. “Esta es mi casa”, “llegué en el vientre de mi madre”, fueron frases dichas una y otra vez por las personas que accedieron para mostrar sus oficios.

Constatamos que La Merced sigue siendo un mercado con historia y prestigio, que fue en su momento uno de los más grandes de América Latina, surtido de una gran diversidad de productos, accesibles por su calidad y precio a todos los grupos sociales. Para otros el mercado está en crisis, con deterioro en su infraestructura y problemas de seguridad. Ante estas visiones encontradas, se justifica la idea de difundir la realidad de trabajo digno de La Merced, donde los oficios familiares tienen un papel predominante.

En nuestra primera visita llegamos a un lugar “sin límites”, donde la calle y el mercado, los comerciantes fijos y los ambulantes formaban una única realidad que se escapaba a las clasificaciones y donde convivían negocios de comida con otros dedicados a las velas, hierbas, flores, frutas o verduras. Al completar el proyecto, aprendimos a reconocer las fronteras entre los distintos mercados que forman el gran espacio de La Merced, generamos vínculos de confianza con las mujeres y hombres con los cuales nos relacionamos. En este marco, presentamos fotografías de comerciantes con oficios de abolengo.

Las fotografías muestran historias de vida, seccionan el vínculo entre los objetos de uso cotidiano, que en su gran diversidad, han pasado de mano en mano, mostrando los secretos de un hacer generacional; una herencia que resiste al tiempo en su noción de olvido. Aquí el valor histórico de esta apuesta fotográfica de una profesional de la luz, contribuir a que el gran ámbito de la cultura popular se mire de maneras distintas y fomente otros modos de conocer el espacio público desde la conformación de nuevas imágenes.

A la diversidad de trayectorias de vida que se heredan desde los oficios, se logran dilucidar una serie de mixturas, uniendo la diversidad de los giros vividos como prácticas para sostener la vida, en un cúmulo de productos que son comercializados por las familias que ahí venden, desde flores artificiales y adornos de papel u otros materiales frágiles, se unen las velas y adornos, hierbas venidas desde distintos puntos del país; la santería y las creencias de los mexicanos, las frutas mezcladas con verduras que nutren a la ciudad y las artesanías que comparten espacio con enseres para la cocina y los puestos de comida. Todas estas prácticas de comercio son resultado de cinco generaciones unidas que crean un fenómeno social llamado mercado, es decir, intercambio de saberes, que se resguardan uno a otro y se cuidan mutuamente.

En medio de tanta diversidad, aparece como “lo común” la creación de redes solidarias. En algunos casos a través de organizaciones y en otros de manera informal. En las familias que conocimos para la realización de estas fotografías, las mujeres pertenecen desde hace mucho tiempo a las mesas directivas de su respectivo mercado o a organizaciones de comerciantes que apoyan a otras personas, principalmente mujeres, dándoles un empleo o generando redes de proveedores, ya sea de artesanas tradicionales, de costureras o vendedoras. Para el sostenimiento de los oficios tradicionales que comercializan en el mercado de La Merced, las mujeres juegan el papel principal, ya que se han dedicado en forma explícita a formar a las más jóvenes, para garantizar la continuidad de la tarea. En suma, las mujeres comerciantes de La Merced contribuyen día a día a la construcción de un espacio público seguro para ellas y sus visitantes.

En cada local observamos la presencia de mujeres vendiendo, pero también de hombres, hermanos, hijos, sobrinos, empleados, que están allí cumpliendo no sólo la tarea de vendedores sino también de gestores y productores culturales. En este sentido, La Merced se constituye como una comunidad donde las familias, a través de varias generaciones, son un núcleo para la organización de comercio justo y solidario. La tarea es ardua y compleja no del todo lograda por los embates de un capitalismo voraz y sin límites.

 

La flor de papel, una muestra de la diversidad 

En el caso de la floristería, las familias entrevistadas tienen habitando el mercado muchos años, desde el origen. Con edades y tipos de vida muy variables, estas familias tienen miembros entre 18 y 89 años. Destaca la presencia de las mujeres mayores, mientras las más jóvenes, muchas solteras y profesionistas, se resisten a que este oficio se pierda. Su quehacer se caracteriza por una vida de trabajo intensa, de siete días a la semana, que comienza muy temprano, en torno de las 6 de la mañana y termina a la medianoche.

Al escucharlas se observa que han desarrollado múltiples tareas, algunas dentro del mercado y otras fuera de él, mostrando una división del trabajo organizado y vivo, que les permite, aprender cada uno de los pasos del oficio, desde la proveeduría de la materia prima a la creación, hasta la innovación y venta. Vidas de trabajo continuo, de esfuerzo sostenido, en lugares y tareas diferentes, en constante renovación, adecuándose para presentar ideas frescas, cumpliendo con las exigencias de los clientes y de la demanda, es decir, deben responder al mundo y sus constantes cambios.

En su origen, la floristería comercializó flores naturales. Con la dificultad de sostener fresca la flor, más la dificultad del acceso al agua por el crecimiento propio del mercado, encareció la flor natural haciéndola muy difícil de vender, así, las primeras floristas transitaron a crearlas de papel, dando paso a la creatividad de un oficio que nacía. El abasteciendo de flores para altares, fiestas y adornos de tipo popular en la Ciudad de México, se matizó del color y belleza de las flores hechas de papel, principalmente de manos de mujeres, fundando algo que hoy es tradición; misma que se sostiene, aunque enfrenta algunos retos.

Hoy, el principal problema que enfrentan como familias floresteras, es la comercialización de flores hechas en máquinas que provienen principalmente de China. Una industria que confronta proceso artesanal con el plástico, teniendo que abaratando el costo y poniendo a la flor de papel en una lógica de comercio desigual e injusto. Esto abre a dichas familias la posibilidad de cambiar de giro, anunciando una posible pérdida de tradición. Sin embargo, en este lugar complejo, casi laberíntico que es el mercado de La Merced, las mujeres han decidido posicionarse como líderes, no sólo de sus familias, sino en la organización del mercado, defendiendo sus oficios frente a la vorágine de lo “barato y sin calidad”. Defendiendo su arte de hacer y estar en el mundo: picando papel y haciendo flores.

Para todas las familias, en particular la familia Velásquez Guzmán, la señora Juanita Guzmán Méndez (93 años) y sus hijas: Carmen, María de los Ángeles,  María Ester, quienes llevan cinco generaciones con este oficio, con sus hijos, los hijos de sus hijos y sus esposos, nuestro agradecimiento. Nuestro enorme agradecimiento. Al escribir este texto volvemos a conmovernos como cuando escuchamos sus historias. Volvemos a creer que la solidaridad entre diferentes es posible y que no somos extranjeros en ninguna parte. De mi relación con Liliana, mi respeto y amistad, por enseñarme un nuevo sentido mimético de aquello que no se debe perder, y por mostrarme en el reflejo de su lente algo que es tan mío y de otros mexicanos.

Bernardo Morales Vázquez

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